Por Diana “Lorena” López Medina | Biología de fauna silvestre y operaciones aeroportuarias · Colombia | 5 min de lectura
Lo que no podemos ver también puede atraer fauna silvestre.
¿Qué es ese olor tan horrible?
En la gestión del riesgo de fauna silvestre, uno aprende muy rápido a desconfiar de una frase en particular: “Aquí no hay nada.” A veces es cierto… no hay nada que podamos ver. Pero las aves sabían algo que nosotros no.
Hace unos meses, en los alrededores del Aeropuerto de Barranquilla, comenzamos a registrar una concentración llamativa de aves carroñeras, principalmente gallinazos negros (Coragyps atratus) y gualas o buitres de cabeza roja (Cathartes aura). Lo que más llamaba la atención era la regularidad: aparecían casi todas las mañanas en una zona muy cercana al aeropuerto, pero fuera del perímetro. Fuimos al lugar, recorrimos la zona en vehículo, observamos desde distintos puntos y no encontramos ningún atractivo evidente. Nada visible. Ningún gran botadero de basura. Ninguna fuente de alimento a simple vista. Y, sin embargo, las aves seguían indicándonos que algo había allí.
El sensor que resolvió el misterio fue… nuestro olfato.
La respuesta apareció casi por casualidad durante una visita interinstitucional con autoridades locales. Entramos a varias viviendas de barrios cercanos con infraestructura sanitaria limitada y, apenas cruzamos la puerta, percibimos un olor extremadamente fuerte. Las personas que vivían allí estaban acostumbradas; nosotros no. Detrás de las casas había un canal conocido localmente como un arroyo. Desde los puntos donde habíamos realizado nuestras inspecciones anteriores, quedaba oculto por las propias viviendas. En lugar de agua corriente, encontramos basura, agua estancada y residuos acumulados. Ese era el recurso que las aves habían descubierto mucho antes que nosotros. La lección fue sencilla, pero muy poderosa: un atractivo para la fauna silvestre puede no ser visible desde un vehículo, una torre, una cámara o un dron. Puede estar detrás de un edificio, debajo de la vegetación, dentro de un canal de drenaje o manifestarse principalmente a través del olor. También puede depender de una actividad humana que solo ocurre a determinadas horas del día. Tampoco era un problema que el equipo de gestión del riesgo de fauna silvestre del aeropuerto pudiera resolver por sí solo. Necesitábamos trabajar con las autoridades locales y con la empresa de recolección de residuos para retirar parte del material y reducir, al menos parcialmente, el atractivo.
La pista termina en la cerca; el ecosistema no.
Cuando una iguana se convierte en dos riesgos.
La segunda historia ocurre dentro del aeropuerto. Durante el primer trimestre del año observamos cantidades muy elevadas de iguanas. Ingresan a las pistas, calles de rodaje y otras áreas operacionales en busca de refugio. ¿Por qué buscan refugio? Porque en algunas comunidades cercanas ciertas personas capturan iguanas para extraerles los huevos. Algunos de esos animales terminan heridos o abandonados. Paradójicamente, el aeropuerto puede convertirse para ellos en un lugar más seguro que el entorno circundante. Esto ya genera un peligro asociado con fauna terrestre. Pero la historia no termina ahí. Los animales muertos o agonizantes en las zonas cercanas se convierten en alimento para aves carroñeras. De repente, un problema que comenzó con iguanas genera un segundo problema: llegan gallinazos, gualas y otras aves para alimentarse de los cadáveres y luego pueden desplazarse hacia el entorno operacional. Es una cadena de riesgo. Y si observamos únicamente el último eslabón —“hay gallinazos”— podemos interpretar completamente mal la causa y, por lo tanto, elegir la solución equivocada.
Cinco preguntas que vale la pena hacerse
Estas experiencias me dieron una forma muy práctica de pensar cada vez que aparece fauna silvestre en un lugar inesperado:
¿Qué ha cambiado?
¿Qué podría estar oculto?
¿A qué hora del día ocurre?
¿Qué actividad humana podría explicarlo?
¿Qué nuevo riesgo podría estar generando este primer problema?

