Por Diana Lorena López Medina
Cuando llegué por primera vez al aeropuerto de Popayán con mi carta de presentación en la mano, tenía una pregunta muy sencilla: ¿qué hace una bióloga en un aeropuerto?
Hasta ese momento, durante mi formación, el mundo de la biología parecía dividirse principalmente entre el campo y el laboratorio. A mí me apasionaban los dos. Desde niña había sentido una enorme curiosidad por los animales, los árboles, el agua y todo lo que significa estudiar la vida. Pero jamás había imaginado que esa curiosidad terminaría llevándome a una pista de aterrizaje.
Muy pronto entendí la respuesta.
En un aeropuerto no basta con contar aves. Hay que preguntarse por qué están allí, qué están buscando, cómo se mueven, qué las atrae y cómo cambia su comportamiento con la hora, el clima, la época del año y la actividad aeroportuaria. Hay que entender la ecología y, al mismo tiempo, comprender una operación aeronáutica que nunca se detiene.
Desde aquella primera experiencia en Popayán, Colombia, mi carrera me ha llevado al Aeropuerto Internacional El Edén, en Armenia, y actualmente al Aeropuerto Internacional Ernesto Cortissoz, en Barranquilla, donde lidero el grupo de control de fauna. En el camino he podido combinar biología, investigación, gestión del riesgo, trabajo comunitario y seguridad operacional.
Una profesión donde ningún día es igual al anterior
Una de las cosas que más me sigue sorprendiendo es la capacidad de adaptación de la fauna. Un aeropuerto es ruidoso, dinámico y lleno de actividad. Sin embargo, si una especie encuentra alimento, agua o refugio, puede aprender a vivir alrededor de aeronaves, vehículos y personas. Incluso puede acostumbrarse a algunos métodos que utilizamos para dispersarla. Eso convierte nuestro trabajo en algo mucho más complejo que simplemente “espantar pájaros”.
Dos aves de la misma especie pueden comportarse de manera muy diferente. Un individuo juvenil puede estar buscando alimento mientras otro está buscando pareja. Dos especies que ocupan exactamente el mismo lugar pueden estar allí por razones completamente distintas. Y esas diferencias determinan qué acción debemos tomar. Por eso la observación de campo sigue siendo fundamental.
Nuestro trabajo también protege muchas formas de vida. Cuando alejamos un ave de una trayectoria peligrosa, retiramos una iguana de una pista, reubicamos un nido o encontramos una solución para un perro que ingresó por una cerca dañada, estamos protegiendo tanto a las personas que viajan en una aeronave como a los animales que comparten ese entorno. Para mí, esa es una de las partes más bonitas de esta profesión.
El riesgo no termina en el perímetro del aeropuerto.
Con los años también aprendí que algunos de los problemas más difíciles no están dentro del aeropuerto.
El uso del suelo, los residuos, los cuerpos de agua, los cultivos y las actividades humanas alrededor del aeródromo pueden determinar qué fauna aparece dentro y fuera de su perímetro, incluso en las zonas por donde transitan las aeronaves durante las llegadas y salidas. Por eso una parte fundamental de nuestro trabajo consiste en relacionarnos con comunidades, autoridades y otras instituciones.
La biología por sí sola no siempre es suficiente. He aprendido muchísimo trabajando con profesionales sociales. A veces nosotros comprendemos perfectamente al animal, pero tenemos que aprender también a comprender a la persona que está detrás de determinada actividad o condición ambiental. Ese componente humano hace que la gestión del riesgo de fauna sea todavía más interesante.
Ahora podemos comenzar a anticiparnos
Aquí es donde veo una oportunidad enorme para la tecnología.
Imagino el inicio de un turno en el que, antes de comenzar el primer patrullaje, el equipo pueda recibir información como: entre estas horas existe mayor probabilidad de presencia de determinada especie en esta zona; concentre allí su vigilancia.
Eso sería muy diferente a trabajar únicamente con lo que alcanzamos a observar en ese momento. Pensemos en otro escenario. Tengo 40 garzas en una zona de seguridad y una aeronave llegará en diez minutos. ¿Las disperso inmediatamente? ¿Espero? ¿Corro el riesgo de habituarlas al método de dispersión? ¿Utilizo ahora un recurso limitado que quizá necesite más adelante?
Hoy, muchas de esas decisiones dependen de la experiencia del biólogo. Esa experiencia seguirá siendo indispensable, porque el comportamiento de la fauna nunca será completamente predecible.
Pero ¿qué pasaría si pudiéramos complementarla con años de datos históricos, condiciones meteorológicas, observaciones en tiempo real, información operacional, sensores, radares, drones y analítica predictiva? Ese es precisamente el potencial que veo en tecnologías como las que Avigilance está desarrollando. No se trata de reemplazar al biólogo. Al contrario: se trata de darle mejores herramientas para decidir dónde mirar, cuándo actuar y cómo utilizar mejor los recursos disponibles.
También puede ayudarnos como líderes. Cada mes analizamos impactos, especies, ubicaciones, horarios, métodos de dispersión y resultados. Una plataforma capaz de aprender de esos datos podría ayudarnos a descubrir cuándo una estrategia ha dejado de funcionar y cuándo necesitamos cambiarla antes de que ocurra el próximo evento.
A quienes están comenzando
Si eres estudiante de biología o estás iniciando tu carrera y nunca has pensado en la aviación, te invito a conocer este mundo.
La biología y la aviación parecen disciplinas muy diferentes hasta que uno las reúne. Entonces aparecen preguntas fascinantes sobre comportamiento animal, ecología, tecnología, seguridad, comunidades, análisis de datos y toma de decisiones.
Todavía recuerdo aquella joven bióloga que llegó a Popayán preguntándose qué podía aportar en un aeropuerto. Hoy conozco la respuesta. Muchísimo.
Y creo que apenas estamos comenzando a descubrir todo lo que los biólogos, trabajando junto con nuevas tecnologías, podremos aportar a la seguridad operacional del futuro.

